Monday, February 13, 2006

Tekhne

Esas manos tuyas, son las manos de un trabajador. Vienen de la gente; y debes asegurarte de que la gente sepa que es así. Edith Piaf

El bullicio de los niños es siempre el mismo. Como se oye aquí, ahora, en un parque infantil inserto en la Plaza Candelaria; o como suena en Nueva Delhi, o en el Bronx. Son las seis de la tarde y las campanas de la iglesia hacen coro. Desde la acera de enfrente llega el escándalo de una changa. Sobre el rumor de los automóviles chillan pájaros desconocidos.

La silla de limpiabotas es un artefacto de acero que se erige en la acera, al borde de la plaza. Un asiento alto preside sobre dos soportes para los pies. Trozos de tela roja adornan el tallo de cada uno. Debajo de la silla hay un espacio amplio. Hacia el frente, siete cepillos viejos y cuatro latas de crema de zapato reposan en perfecto orden, como los instrumentos de un cirujano al lado de la mesa de operaciones. En la parte inferior, cerca del piso, hay una pequeña gaveta protegida por una cerradura de candado. El candado no está puesto, pero la cerradura es un respeto que nos dice que lo que guarda la gaveta es preciado. En el piso, a la derecha y a la izquierda de la silla, montan guardia dos frascos plásticos llenos de agua. El asiento del limpiabotas es una vieja silla de oficina que ya ha perdido la tapicería.

Un cliente se acerca, buscando al limpiabotas. Un señor negro de unos setenta años está sentado más allá, detrás de la reja que circunda la plaza. Fuma un tabaco mientras absorbe la tarde en la ciudad. El cliente le pregunta.

“¿Maestro, el limpiabotas no está?

“Ya viene, fue a orinar,” contesta.

El cliente se sienta en la silla del limpiabotas. Mira hacia la calle mientras espera.

Una madre muy joven pasea con su hijo. Aunque es sábado, el niño viste franela roja y blue jean, como si acabara de salir de la escuela. La madre viste pantalones apretados y una blusa muy corta que deja expuesta la franja de piel entre el busto y la cintura. El niño corre y salta mientras ella lo guía con la dedicación decidida de una madre; sin embargo, camina con la sensualidad desenfadada de una adolescente.

El limpiabotas llega y se sienta en su silla.

“¿Limpiao o pulío?,” pregunta.

“¿Tu crees que estos zapatos agarren brillo?,” pregunta el cliente.

“Por supuesto jefe. ¿Pa' que estoy yo aquí?”

“¿Y cuanto cuesta la pulía?”

“Lo de siempre, tres mil bolívares.”

“Dále pues.”

El limpiabotas viste una camisa blanca con rayas azules, que seguramente estaba limpia cuando salió de su casa en la mañana; aunque al final del día ha acumulado algo del sucio de la calle, todavía sustenta la dignidad con la que se vistió para salir a trabajar. Un blue jean y unas medias verdes completan su atuendo. Los botines baratos que calza están agrietados por el uso. Pero están escrupulosamente limpios y brillan lo suficiente como para reflejar la luz del cielo.

El limpiabotas examina los zapatos. Fija los lazos de las trenzas debajo de los segmentos que se cruzan sobre la lengueta.

Saca un cepillo oblongo, sin mango. Para preparar las cerdas, les pasa la palma de la mano izquierda sobre las puntas. Cepilla con movimientos precisos; al cabo de unos pocos segundos ya ha quitado el polvo del zapato derecho. Frota de nuevo las cerdas y cepilla el zapato izquierdo. Regresa el cepillo a su sitio.

Abre una lata de crema negra y la sostiene en la mano izquierda. Extrae otro cepillo, que ahora es corto, de mango delgado y de cabeza elíptica. Con un movimiento circular cubre las puntas de las cerdas con una capa delgada de betún. En la lata, la superficie de la crema mantiene una perfecta simetría rotacional.

Voltea su cara negra y delgada por unos segundos y mira hacia la gente que camina al lado de la calle. Regresa al zapato derecho y comienza a imbuir de betún la superficie. El movimiento es firme y preciso. A medida que el cepillo se desliza sobre el zapato desaparecen el sucio y las imperfecciones. Las cerdas presionan el betún hacia los poros del cuero. Ya en esta etapa del proceso comienza a intuirse el brillo que busca.

De la pata frontal izquierda de la silla desenrolla un trozo largo de tela roja. La examina y busca un espacio que no haya utilizado. Las manchas de betún forman una progresión ordenada, así que con rapidez encuentra el espacio libre que necesita. Anuda la tela sobre dos dedos de su mano derecha, esparce una capa de betún sobre la superficie y comienza el proceso de pulitura. Se detiene. Toma una de las botellas de plástico y riega unas pocas gotas de agua sobre la superficie del cuero. Continúa puliendo el zapato derecho, que ha adquirido un tenue brillo de seda.

Se detiene y se quita el trapo de los dedos. Ahora abre la gaveta que contiene lo preciado. Adentro hay unos catorce mil bolívares en billetes de mil y dos mil. El cliente piensa:

“Este es el dinero para el vuelto. El grueso de sus ganancias debe estar en otro lado”.

Dentro de la gaveta también hay varios trozos de algodón, inmaculadamente blancos. El limpiabotas mete la mano para escoger un pedazo. El cliente piensa:

“Ahora va a manchar el algodón con las manos llenas de betún”.

Pero lo extraordinario es que el limpiabotas ha mantenido limpia la mano. El algodón continúa siendo blanco impoluto.

El limpiabotas voltea de nuevo hacia la calle. Parece meditar por unos momentos. ¿O pasará revista a sesenta años de recuerdos? Vuelve a esparcir unas cuantas gotas de agua sobre el zapato derecho. Ahora es el pedazo de algodón el que se desliza en el cuero. Al final el resplandor es de porcelana.

El brillo toca una fibra en la memoria del cliente, que recuerda o imagina recordar como brillaban otros zapatos en una fiesta, en una noche, en un patio, en San Juan de los Morros.

En este momento el cliente se percata de que otro cliente ha estado esperando al lado de la silla, observando el proceso.

“Este hombre es un artista,” dice el cliente número dos.

“Sin duda,” responde el cliente número uno.

El limpiabotas continúa con el zapato izquierdo. Acelera un poco, después de todo el cliente número dos espera. El brillo no queda tan perfecto, pero sería mezquino decirlo.

El cliente número uno saca un billete de cinco mil bolívares del bolsillo. Mientras el limpiabotas busca el vuelto, le dice:

“¿Oye, no sería maravilloso que pudieras pulir así a las personas, ponernos nuevecitos otra vez?”

El cliente número dos responde:

“Ah... Pero entonces se haría famoso y sería muy difícil que nos atendiera”.

“Es verdad,” dice el cliente número uno.

El limpiabotas asiente con una sonrisa.

Un grupo de palomas levanta ruidosamente el vuelo. El cliente número uno camina hacia las luces de la noche, que ya se han encendido.

3 comments:

Yosmary said...

Muy bueno!!!! Estuve por aquí y leyendo tu blog me tome un café. Saludos Camarada.

Pimentón Rojo said...

Son muchos los blogs que leo, pero pocos los que agradezco.
Muchas gracias.
Jorge, artesano.

adelisr said...

Me hizo recordar a los cuentistas nativos, que no son tan pocos como creemos a veces, y qué sabroso cuando te echan un cacho. Incluyo en ésta serie a Teresa de la Parra. Y Andrés Eloy. ¡De verdad que fue agradable el cafecito con la lectura!