La inteligencia de una persona, su capacidad de comprender y resolver problemas, es percibida por quienes le rodean: es una realidad intersubjetiva. La inteligencia colectiva, la capacidad de un grupo para comprender y resolver problemas, también es perceptible. La inteligencia de un equipo de fútbol, por ejemplo, es evidente en su capacidad de adaptar defensa y ataque a una situación compleja y cambiante.
Las pruebas de Coeficiente Intelectual (CI), y otros instrumentos sicológicos, han permitido cuantificar la inteligencia individual. Investigadores estadounidenses –de la Carnegie-Mellon University, del Massachussets Institute of Technology y del Union College– han demostrado que puede asignarse un factor de inteligencia colectiva a un grupo. Este CI colectivo es descrito en detalle en un artículo del 30 de septiembre, en la revista Science.
¿Es el CI del grupo la suma o el promedio del CI de cada uno de sus miembros? No, los investigadores encuentran que la inteligencia colectiva correlaciona con la sensibilidad social promedio del grupo, con la igualdad en el tiempo de las intervenciones de cada uno de los participantes y con la proporción de mujeres. La inteligencia colectiva del grupo depende de su capacidad de promover la participación de todos.
Cuando todos los que participan en un grupo tienen igual oportunidad de aportar sus ideas a la solución de un problema, la inteligencia del mismo puede ser superior a la del más inteligente de sus integrantes.
En el caso contrario –cuando una sola persona domina la conversación, inhibe la participación de los demás y supedita la misma a sus ideas– la inteligencia colectiva disminuye radicalmente; el CI colectivo resulta menor que el del menos talentoso de sus miembros. El colectivo se embrutece.
Limitar la participación efectiva de la inmensa mayoría es cercenar nuestra inteligencia colectiva, es condenarnos a no salir nunca de la oscuridad del atraso.
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Sunday, October 24, 2010
Inteligencia colectiva y participación
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Wednesday, May 17, 2006
Los Orígenes de la Inteligencia Humana
En el principio no fue el verbo, en el principio fue la acción. Goethe
El texto a continuación es un extracto del libro "A People´s History of Science: Miners, Midwives, and Low-Mechanics," del historiador Clifford D. Conner:
"¿Qué vino primero, la mano o el cerebro? La suposición unánime entre los pensadores evolucionistas, aún antes de que Darwin publicara El Origen de las Especies, era que la inteligencia había impulsado la evolución humana. Se creía que la fuerza motriz de cada uno de los pasos del proceso evolutivo había sido el aumento del tamaño del cerebro. El aumento consecuente de la inteligencia habría entonces generado la ventaja selectiva que gradualmente transformaría a los monos en humanoides y a los humanoides en Homo Sapiens.
Antes de que fuesen descubiertos los primeros fósiles de homínidos a finales del siglo diecinueve, se daba por sentado que si se encontraba el fósil de un “eslabón perdido” entre el mono y el hombre, el mismo tendría un cerebro de tamaño intermedio entre el del primero y el segundo, pero no asumiría la postura erguida que caracteriza a los seres humanos. Sólo después de haber adquirido la suficiente inteligencia, podría una criatura mostrar su humanidad al caminar erguida. Este “dogma de primacía cerebral,” como lo llamó Stephen Jay Gould, sufríó un golpe mortal en los década de 1920, cuando fueron descubiertos en Africa los restos de “australopitecines de pequeño cerebro” que “caminaban tan erguidos como tú y como yo.” De allí en adelante se hizo incontestable que la transición de mono a humanoide había ocurrido antes de que el cerebro aumentara significativamente de capacidad.
¿Por qué, se preguntó Gould, la “Ciencia Occidental se había aferrado a la hipótesis de la primacía cerebral"? Encontró la respuesta en un artículo escrito por Engels en 1876 y publicado veinte años después de su muerte. Engels argumentó, en “El Papel que Representó el Trabajo en la Transición de Mono a Hombre,” que el paso decisivo "ocurrió cuando los monos cesaron de usar las manos para moverse" y "comenzaron a adoptar una postura más erguida." Esto les dejó las manos libres para utilizar herramientas, es decir, para el trabajo. “Sólo mediante el trabajo, mediante la adaptación a siempre nuevas operaciones,” escribió Engels, “ha sido posible que la mano humana haya adquirido el alto grado de perfección que le ha permitido conjurar la existencia de las pinturas de Rafael, las estatuas de Thorwaldsen y la música de Paganini.”
La teoría de Engels sostenía que el desarrollo de la mano como instrumento de trabajo había impulsado la adquisición de la inteligencia, y por lo tanto del tamaño del cerebro, en los primeros humanos. Aunque para el momento no existía evidencia que sustentara ni la teoría de “la mano primero” ni “la teoría del “cerebro primero,” la conjetura de Engels fue posteriormente verificada, a medida que se fueron descubriendo nuevos fósiles.
La intuición exitosa de Engels fue posible porque su pensamiento no fue entorpecido por la disposición ideológica a considerar el trabajo intelectual como superior al trabajo manual. Gould resaltó el hecho de que los académicos tienen la tendencia a percibir a los trabajadores como inferiores y que para ellos “la primacía cerebral era tan obvia y natural que era aceptada como dada, en vez de ser reconocida como un prejuicio social profundamente asentado y que refleja la posición de clase de los pensadores profesionales y de sus patronos.” Fue este sesgo arraigado por siglos, dijo Engels, el que había impedido “a los más materialistas científicos naturales de la escuela Darwiniana” de la época entender el origen de lo humano y “reconocer el papel que había jugado en el mismo el trabajo.”
Si la evolución humana hubiese sido motorizada por el cerebro, entonces el papel preponderante en la misma habría tenido que ser asignado a individuos de inteligencia superior al promedio, a una versión temprana de la élite intelectual cuya superioridad natural le habría dado a sus miembros y a sus genes una posición privilegiada en la lucha por la supervivencia. Pero la evidencia del registro fósil indica lo contrario. Fue la actividad de construir y usar herramientas de poblaciones enteras de humanoides, de “gente trabajadora,” de donde emergió la inteligencia humana y con ella, la capacidad para el lenguaje, el conocimiento pre-científico y en última instancia, la ciencia."
El texto a continuación es un extracto del libro "A People´s History of Science: Miners, Midwives, and Low-Mechanics," del historiador Clifford D. Conner:
"¿Qué vino primero, la mano o el cerebro? La suposición unánime entre los pensadores evolucionistas, aún antes de que Darwin publicara El Origen de las Especies, era que la inteligencia había impulsado la evolución humana. Se creía que la fuerza motriz de cada uno de los pasos del proceso evolutivo había sido el aumento del tamaño del cerebro. El aumento consecuente de la inteligencia habría entonces generado la ventaja selectiva que gradualmente transformaría a los monos en humanoides y a los humanoides en Homo Sapiens.
Antes de que fuesen descubiertos los primeros fósiles de homínidos a finales del siglo diecinueve, se daba por sentado que si se encontraba el fósil de un “eslabón perdido” entre el mono y el hombre, el mismo tendría un cerebro de tamaño intermedio entre el del primero y el segundo, pero no asumiría la postura erguida que caracteriza a los seres humanos. Sólo después de haber adquirido la suficiente inteligencia, podría una criatura mostrar su humanidad al caminar erguida. Este “dogma de primacía cerebral,” como lo llamó Stephen Jay Gould, sufríó un golpe mortal en los década de 1920, cuando fueron descubiertos en Africa los restos de “australopitecines de pequeño cerebro” que “caminaban tan erguidos como tú y como yo.” De allí en adelante se hizo incontestable que la transición de mono a humanoide había ocurrido antes de que el cerebro aumentara significativamente de capacidad.
¿Por qué, se preguntó Gould, la “Ciencia Occidental se había aferrado a la hipótesis de la primacía cerebral"? Encontró la respuesta en un artículo escrito por Engels en 1876 y publicado veinte años después de su muerte. Engels argumentó, en “El Papel que Representó el Trabajo en la Transición de Mono a Hombre,” que el paso decisivo "ocurrió cuando los monos cesaron de usar las manos para moverse" y "comenzaron a adoptar una postura más erguida." Esto les dejó las manos libres para utilizar herramientas, es decir, para el trabajo. “Sólo mediante el trabajo, mediante la adaptación a siempre nuevas operaciones,” escribió Engels, “ha sido posible que la mano humana haya adquirido el alto grado de perfección que le ha permitido conjurar la existencia de las pinturas de Rafael, las estatuas de Thorwaldsen y la música de Paganini.”
La teoría de Engels sostenía que el desarrollo de la mano como instrumento de trabajo había impulsado la adquisición de la inteligencia, y por lo tanto del tamaño del cerebro, en los primeros humanos. Aunque para el momento no existía evidencia que sustentara ni la teoría de “la mano primero” ni “la teoría del “cerebro primero,” la conjetura de Engels fue posteriormente verificada, a medida que se fueron descubriendo nuevos fósiles.
La intuición exitosa de Engels fue posible porque su pensamiento no fue entorpecido por la disposición ideológica a considerar el trabajo intelectual como superior al trabajo manual. Gould resaltó el hecho de que los académicos tienen la tendencia a percibir a los trabajadores como inferiores y que para ellos “la primacía cerebral era tan obvia y natural que era aceptada como dada, en vez de ser reconocida como un prejuicio social profundamente asentado y que refleja la posición de clase de los pensadores profesionales y de sus patronos.” Fue este sesgo arraigado por siglos, dijo Engels, el que había impedido “a los más materialistas científicos naturales de la escuela Darwiniana” de la época entender el origen de lo humano y “reconocer el papel que había jugado en el mismo el trabajo.”
Si la evolución humana hubiese sido motorizada por el cerebro, entonces el papel preponderante en la misma habría tenido que ser asignado a individuos de inteligencia superior al promedio, a una versión temprana de la élite intelectual cuya superioridad natural le habría dado a sus miembros y a sus genes una posición privilegiada en la lucha por la supervivencia. Pero la evidencia del registro fósil indica lo contrario. Fue la actividad de construir y usar herramientas de poblaciones enteras de humanoides, de “gente trabajadora,” de donde emergió la inteligencia humana y con ella, la capacidad para el lenguaje, el conocimiento pre-científico y en última instancia, la ciencia."
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