El premio Nobel de la Paz ha sido otorgado a Mohamed Yunus y al Banco Grameen, "por sus esfuerzos en crear desarrollo económico y social desde abajo." En palabras del presidente del comité Nobel noruego, "una paz duradera no puede lograrse sin que una parte importante de la población encuentre los medios para salir de la pobreza."
Mohamed Yunus nació en 1940 en la ciudad de Bathua, en Bangladesh. En 1957 comenzó sus estudios de economía en la universidad de Dhaka. En 1971 obtuvo un doctorado en economía de la Universidad Vanderbilt, en Tennessee, Estados Unidos. En 1976 conoció a Sufiya Khatun, una tejedora de banquetas de bambú. Sufiya necesitaba un préstamo de 4 dólares para comprar suministros. Yunus le prestó el dinero; y fue tal el éxito de Sufiya, que lo inspiró a crear el Banco Grameen (Banco rural), con una inversión inicial de 27 dólares. Para mayo de 2006 el banco tenía 6,67 millones de prestatarios, de los cuales el 97% eran mujeres.
El concepto de microfinanciamiento se ha internacionalizado. En Venezuela, instituciones como el Banco de la Mujer han comenzado a otorgar microcréditos.
La iniciativa de Yunus es política en el sentido sano de la palabra, según el cual es político todo lo que concierne la distribución de los bienes sociales. Y es un ejemplo de los frutos que puede dar el pensamiento crítico.
Es vital para nosotros asimilar este ejemplo. En nuestro país, el pensamiento dogmático ejerce una influencia desmesurada sobre la acción pública.
Yunus utilizó métodos de la economía clásica para enfrentar el problema de la desigualdad social, que a su vez es uno de los temas centrales del pensamiento marxista. ¿Hay una contradicción en esto? No, las teorías económicas clásica y marxista son frutos del pensamiento crítico. Ambas tienen sus espacios de aplicabilidad y sus limitaciones.
El análisis marxista revela con claridad los conflictos de interés que dan origen y tienden a perpetuar la injusticia social. Los métodos cuantitativos de la economía clásica permiten modelar problemas específicos: los sistemas de transporte, las políticas fiscales, los sistemas de crédito.
Muchas dificultades innecesarias aparecen cuando el análisis es sustituído por el pensamiento dogmático. Cuando esto ocurre, conceptos que han sido construídos para representar parcialmente la realidad son sacralizados, vaciados de significado y convertidos en banderas para mover las emociones.
Por un lado, el mercado se convierte en un fetiche y el pensamiento socialista en cosa del demonio. Por el otro, el valor de la experiencia individual se subordina al de una masa ideal, irreal; se demoniza la actividad económica privada.
El pensamiento dogmático sustituye la realidad por una quimera, pero tiene sus usos. Se le utiliza para el control social y para la preservación de los intereses de las élites que en un momento dado poseen el privilegio del poder.
Como sociedad tenemos una meta común: lograr el bienestar de todos, eliminar la exclusión. Para esto es necesario, entre otras cosas, incorporar a las mayorías al sistema productivo. La flexibilidad de escoger críticamente el curso a seguir es esencial para lograr este objetivo.