En el principio no fue el verbo, en el principio fue la acción. Goethe
El texto a continuación es un extracto del libro "A People´s History of Science: Miners, Midwives, and Low-Mechanics," del historiador Clifford D. Conner:
"¿Qué vino primero, la mano o el cerebro? La suposición unánime entre los pensadores evolucionistas, aún antes de que Darwin publicara El Origen de las Especies, era que la inteligencia había impulsado la evolución humana. Se creía que la fuerza motriz de cada uno de los pasos del proceso evolutivo había sido el aumento del tamaño del cerebro. El aumento consecuente de la inteligencia habría entonces generado la ventaja selectiva que gradualmente transformaría a los monos en humanoides y a los humanoides en Homo Sapiens.
Antes de que fuesen descubiertos los primeros fósiles de homínidos a finales del siglo diecinueve, se daba por sentado que si se encontraba el fósil de un “eslabón perdido” entre el mono y el hombre, el mismo tendría un cerebro de tamaño intermedio entre el del primero y el segundo, pero no asumiría la postura erguida que caracteriza a los seres humanos. Sólo después de haber adquirido la suficiente inteligencia, podría una criatura mostrar su humanidad al caminar erguida. Este “dogma de primacía cerebral,” como lo llamó Stephen Jay Gould, sufríó un golpe mortal en los década de 1920, cuando fueron descubiertos en Africa los restos de “australopitecines de pequeño cerebro” que “caminaban tan erguidos como tú y como yo.” De allí en adelante se hizo incontestable que la transición de mono a humanoide había ocurrido antes de que el cerebro aumentara significativamente de capacidad.
¿Por qué, se preguntó Gould, la “Ciencia Occidental se había aferrado a la hipótesis de la primacía cerebral"? Encontró la respuesta en un artículo escrito por Engels en 1876 y publicado veinte años después de su muerte. Engels argumentó, en “El Papel que Representó el Trabajo en la Transición de Mono a Hombre,” que el paso decisivo "ocurrió cuando los monos cesaron de usar las manos para moverse" y "comenzaron a adoptar una postura más erguida." Esto les dejó las manos libres para utilizar herramientas, es decir, para el trabajo. “Sólo mediante el trabajo, mediante la adaptación a siempre nuevas operaciones,” escribió Engels, “ha sido posible que la mano humana haya adquirido el alto grado de perfección que le ha permitido conjurar la existencia de las pinturas de Rafael, las estatuas de Thorwaldsen y la música de Paganini.”
La teoría de Engels sostenía que el desarrollo de la mano como instrumento de trabajo había impulsado la adquisición de la inteligencia, y por lo tanto del tamaño del cerebro, en los primeros humanos. Aunque para el momento no existía evidencia que sustentara ni la teoría de “la mano primero” ni “la teoría del “cerebro primero,” la conjetura de Engels fue posteriormente verificada, a medida que se fueron descubriendo nuevos fósiles.
La intuición exitosa de Engels fue posible porque su pensamiento no fue entorpecido por la disposición ideológica a considerar el trabajo intelectual como superior al trabajo manual. Gould resaltó el hecho de que los académicos tienen la tendencia a percibir a los trabajadores como inferiores y que para ellos “la primacía cerebral era tan obvia y natural que era aceptada como dada, en vez de ser reconocida como un prejuicio social profundamente asentado y que refleja la posición de clase de los pensadores profesionales y de sus patronos.” Fue este sesgo arraigado por siglos, dijo Engels, el que había impedido “a los más materialistas científicos naturales de la escuela Darwiniana” de la época entender el origen de lo humano y “reconocer el papel que había jugado en el mismo el trabajo.”
Si la evolución humana hubiese sido motorizada por el cerebro, entonces el papel preponderante en la misma habría tenido que ser asignado a individuos de inteligencia superior al promedio, a una versión temprana de la élite intelectual cuya superioridad natural le habría dado a sus miembros y a sus genes una posición privilegiada en la lucha por la supervivencia. Pero la evidencia del registro fósil indica lo contrario. Fue la actividad de construir y usar herramientas de poblaciones enteras de humanoides, de “gente trabajadora,” de donde emergió la inteligencia humana y con ella, la capacidad para el lenguaje, el conocimiento pre-científico y en última instancia, la ciencia."
Wednesday, May 17, 2006
Los Orígenes de la Inteligencia Humana
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Tuesday, April 04, 2006
La Madre Tierra
El domingo dos de abril salimos de paseo por los Valles del Tuy. Llegando a Santa Lucía nos invitaron a tomar café en la casa de Zoe Margarita Marcano.
Este cinco de julio habrán pasado cien años desde que Zoe vino al mundo en Rio Caribe. Le preguntamos su secreto.
"El trabajo no mata a nadie," nos contestó.

El asunto empezó cuando le tomamos unas fotos a los bisnietos de Zoe, que jugaban afuera de la casa. El resto de la familia salió a ver que pasaba y la hospitalidad venezolana hizo lo demás.

Zoe Margarita ha sembrado maíz, ha sembrado frutas, ha sembrado vida.

La bisnieta más joven de Zoe Margarita tiene tres semanas.

Heredó la energía de su bisabuela.
Este cinco de julio habrán pasado cien años desde que Zoe vino al mundo en Rio Caribe. Le preguntamos su secreto.
"El trabajo no mata a nadie," nos contestó.

El asunto empezó cuando le tomamos unas fotos a los bisnietos de Zoe, que jugaban afuera de la casa. El resto de la familia salió a ver que pasaba y la hospitalidad venezolana hizo lo demás.

Zoe Margarita ha sembrado maíz, ha sembrado frutas, ha sembrado vida.

La bisnieta más joven de Zoe Margarita tiene tres semanas.

Heredó la energía de su bisabuela.
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Monday, February 13, 2006
Tekhne
Esas manos tuyas, son las manos de un trabajador. Vienen de la gente; y debes asegurarte de que la gente sepa que es así. Edith Piaf
El bullicio de los niños es siempre el mismo. Como se oye aquí, ahora, en un parque infantil inserto en la Plaza Candelaria; o como suena en Nueva Delhi, o en el Bronx. Son las seis de la tarde y las campanas de la iglesia hacen coro. Desde la acera de enfrente llega el escándalo de una changa. Sobre el rumor de los automóviles chillan pájaros desconocidos.
La silla de limpiabotas es un artefacto de acero que se erige en la acera, al borde de la plaza. Un asiento alto preside sobre dos soportes para los pies. Trozos de tela roja adornan el tallo de cada uno. Debajo de la silla hay un espacio amplio. Hacia el frente, siete cepillos viejos y cuatro latas de crema de zapato reposan en perfecto orden, como los instrumentos de un cirujano al lado de la mesa de operaciones. En la parte inferior, cerca del piso, hay una pequeña gaveta protegida por una cerradura de candado. El candado no está puesto, pero la cerradura es un respeto que nos dice que lo que guarda la gaveta es preciado. En el piso, a la derecha y a la izquierda de la silla, montan guardia dos frascos plásticos llenos de agua. El asiento del limpiabotas es una vieja silla de oficina que ya ha perdido la tapicería.
Un cliente se acerca, buscando al limpiabotas. Un señor negro de unos setenta años está sentado más allá, detrás de la reja que circunda la plaza. Fuma un tabaco mientras absorbe la tarde en la ciudad. El cliente le pregunta.
“¿Maestro, el limpiabotas no está?
“Ya viene, fue a orinar,” contesta.
El cliente se sienta en la silla del limpiabotas. Mira hacia la calle mientras espera.
Una madre muy joven pasea con su hijo. Aunque es sábado, el niño viste franela roja y blue jean, como si acabara de salir de la escuela. La madre viste pantalones apretados y una blusa muy corta que deja expuesta la franja de piel entre el busto y la cintura. El niño corre y salta mientras ella lo guía con la dedicación decidida de una madre; sin embargo, camina con la sensualidad desenfadada de una adolescente.
El limpiabotas llega y se sienta en su silla.
“¿Limpiao o pulío?,” pregunta.
“¿Tu crees que estos zapatos agarren brillo?,” pregunta el cliente.
“Por supuesto jefe. ¿Pa' que estoy yo aquí?”
“¿Y cuanto cuesta la pulía?”
“Lo de siempre, tres mil bolívares.”
“Dále pues.”
El limpiabotas viste una camisa blanca con rayas azules, que seguramente estaba limpia cuando salió de su casa en la mañana; aunque al final del día ha acumulado algo del sucio de la calle, todavía sustenta la dignidad con la que se vistió para salir a trabajar. Un blue jean y unas medias verdes completan su atuendo. Los botines baratos que calza están agrietados por el uso. Pero están escrupulosamente limpios y brillan lo suficiente como para reflejar la luz del cielo.
El limpiabotas examina los zapatos. Fija los lazos de las trenzas debajo de los segmentos que se cruzan sobre la lengueta.
Saca un cepillo oblongo, sin mango. Para preparar las cerdas, les pasa la palma de la mano izquierda sobre las puntas. Cepilla con movimientos precisos; al cabo de unos pocos segundos ya ha quitado el polvo del zapato derecho. Frota de nuevo las cerdas y cepilla el zapato izquierdo. Regresa el cepillo a su sitio.
Abre una lata de crema negra y la sostiene en la mano izquierda. Extrae otro cepillo, que ahora es corto, de mango delgado y de cabeza elíptica. Con un movimiento circular cubre las puntas de las cerdas con una capa delgada de betún. En la lata, la superficie de la crema mantiene una perfecta simetría rotacional.
Voltea su cara negra y delgada por unos segundos y mira hacia la gente que camina al lado de la calle. Regresa al zapato derecho y comienza a imbuir de betún la superficie. El movimiento es firme y preciso. A medida que el cepillo se desliza sobre el zapato desaparecen el sucio y las imperfecciones. Las cerdas presionan el betún hacia los poros del cuero. Ya en esta etapa del proceso comienza a intuirse el brillo que busca.
De la pata frontal izquierda de la silla desenrolla un trozo largo de tela roja. La examina y busca un espacio que no haya utilizado. Las manchas de betún forman una progresión ordenada, así que con rapidez encuentra el espacio libre que necesita. Anuda la tela sobre dos dedos de su mano derecha, esparce una capa de betún sobre la superficie y comienza el proceso de pulitura. Se detiene. Toma una de las botellas de plástico y riega unas pocas gotas de agua sobre la superficie del cuero. Continúa puliendo el zapato derecho, que ha adquirido un tenue brillo de seda.
Se detiene y se quita el trapo de los dedos. Ahora abre la gaveta que contiene lo preciado. Adentro hay unos catorce mil bolívares en billetes de mil y dos mil. El cliente piensa:
“Este es el dinero para el vuelto. El grueso de sus ganancias debe estar en otro lado”.
Dentro de la gaveta también hay varios trozos de algodón, inmaculadamente blancos. El limpiabotas mete la mano para escoger un pedazo. El cliente piensa:
“Ahora va a manchar el algodón con las manos llenas de betún”.
Pero lo extraordinario es que el limpiabotas ha mantenido limpia la mano. El algodón continúa siendo blanco impoluto.
El limpiabotas voltea de nuevo hacia la calle. Parece meditar por unos momentos. ¿O pasará revista a sesenta años de recuerdos? Vuelve a esparcir unas cuantas gotas de agua sobre el zapato derecho. Ahora es el pedazo de algodón el que se desliza en el cuero. Al final el resplandor es de porcelana.
El brillo toca una fibra en la memoria del cliente, que recuerda o imagina recordar como brillaban otros zapatos en una fiesta, en una noche, en un patio, en San Juan de los Morros.
En este momento el cliente se percata de que otro cliente ha estado esperando al lado de la silla, observando el proceso.
“Este hombre es un artista,” dice el cliente número dos.
“Sin duda,” responde el cliente número uno.
El limpiabotas continúa con el zapato izquierdo. Acelera un poco, después de todo el cliente número dos espera. El brillo no queda tan perfecto, pero sería mezquino decirlo.
El cliente número uno saca un billete de cinco mil bolívares del bolsillo. Mientras el limpiabotas busca el vuelto, le dice:
“¿Oye, no sería maravilloso que pudieras pulir así a las personas, ponernos nuevecitos otra vez?”
El cliente número dos responde:
“Ah... Pero entonces se haría famoso y sería muy difícil que nos atendiera”.
“Es verdad,” dice el cliente número uno.
El limpiabotas asiente con una sonrisa.
Un grupo de palomas levanta ruidosamente el vuelo. El cliente número uno camina hacia las luces de la noche, que ya se han encendido.
El bullicio de los niños es siempre el mismo. Como se oye aquí, ahora, en un parque infantil inserto en la Plaza Candelaria; o como suena en Nueva Delhi, o en el Bronx. Son las seis de la tarde y las campanas de la iglesia hacen coro. Desde la acera de enfrente llega el escándalo de una changa. Sobre el rumor de los automóviles chillan pájaros desconocidos.
La silla de limpiabotas es un artefacto de acero que se erige en la acera, al borde de la plaza. Un asiento alto preside sobre dos soportes para los pies. Trozos de tela roja adornan el tallo de cada uno. Debajo de la silla hay un espacio amplio. Hacia el frente, siete cepillos viejos y cuatro latas de crema de zapato reposan en perfecto orden, como los instrumentos de un cirujano al lado de la mesa de operaciones. En la parte inferior, cerca del piso, hay una pequeña gaveta protegida por una cerradura de candado. El candado no está puesto, pero la cerradura es un respeto que nos dice que lo que guarda la gaveta es preciado. En el piso, a la derecha y a la izquierda de la silla, montan guardia dos frascos plásticos llenos de agua. El asiento del limpiabotas es una vieja silla de oficina que ya ha perdido la tapicería.
Un cliente se acerca, buscando al limpiabotas. Un señor negro de unos setenta años está sentado más allá, detrás de la reja que circunda la plaza. Fuma un tabaco mientras absorbe la tarde en la ciudad. El cliente le pregunta.
“¿Maestro, el limpiabotas no está?
“Ya viene, fue a orinar,” contesta.
El cliente se sienta en la silla del limpiabotas. Mira hacia la calle mientras espera.
Una madre muy joven pasea con su hijo. Aunque es sábado, el niño viste franela roja y blue jean, como si acabara de salir de la escuela. La madre viste pantalones apretados y una blusa muy corta que deja expuesta la franja de piel entre el busto y la cintura. El niño corre y salta mientras ella lo guía con la dedicación decidida de una madre; sin embargo, camina con la sensualidad desenfadada de una adolescente.
El limpiabotas llega y se sienta en su silla.
“¿Limpiao o pulío?,” pregunta.
“¿Tu crees que estos zapatos agarren brillo?,” pregunta el cliente.
“Por supuesto jefe. ¿Pa' que estoy yo aquí?”
“¿Y cuanto cuesta la pulía?”
“Lo de siempre, tres mil bolívares.”
“Dále pues.”
El limpiabotas viste una camisa blanca con rayas azules, que seguramente estaba limpia cuando salió de su casa en la mañana; aunque al final del día ha acumulado algo del sucio de la calle, todavía sustenta la dignidad con la que se vistió para salir a trabajar. Un blue jean y unas medias verdes completan su atuendo. Los botines baratos que calza están agrietados por el uso. Pero están escrupulosamente limpios y brillan lo suficiente como para reflejar la luz del cielo.
El limpiabotas examina los zapatos. Fija los lazos de las trenzas debajo de los segmentos que se cruzan sobre la lengueta.
Saca un cepillo oblongo, sin mango. Para preparar las cerdas, les pasa la palma de la mano izquierda sobre las puntas. Cepilla con movimientos precisos; al cabo de unos pocos segundos ya ha quitado el polvo del zapato derecho. Frota de nuevo las cerdas y cepilla el zapato izquierdo. Regresa el cepillo a su sitio.
Abre una lata de crema negra y la sostiene en la mano izquierda. Extrae otro cepillo, que ahora es corto, de mango delgado y de cabeza elíptica. Con un movimiento circular cubre las puntas de las cerdas con una capa delgada de betún. En la lata, la superficie de la crema mantiene una perfecta simetría rotacional.
Voltea su cara negra y delgada por unos segundos y mira hacia la gente que camina al lado de la calle. Regresa al zapato derecho y comienza a imbuir de betún la superficie. El movimiento es firme y preciso. A medida que el cepillo se desliza sobre el zapato desaparecen el sucio y las imperfecciones. Las cerdas presionan el betún hacia los poros del cuero. Ya en esta etapa del proceso comienza a intuirse el brillo que busca.
De la pata frontal izquierda de la silla desenrolla un trozo largo de tela roja. La examina y busca un espacio que no haya utilizado. Las manchas de betún forman una progresión ordenada, así que con rapidez encuentra el espacio libre que necesita. Anuda la tela sobre dos dedos de su mano derecha, esparce una capa de betún sobre la superficie y comienza el proceso de pulitura. Se detiene. Toma una de las botellas de plástico y riega unas pocas gotas de agua sobre la superficie del cuero. Continúa puliendo el zapato derecho, que ha adquirido un tenue brillo de seda.
Se detiene y se quita el trapo de los dedos. Ahora abre la gaveta que contiene lo preciado. Adentro hay unos catorce mil bolívares en billetes de mil y dos mil. El cliente piensa:
“Este es el dinero para el vuelto. El grueso de sus ganancias debe estar en otro lado”.
Dentro de la gaveta también hay varios trozos de algodón, inmaculadamente blancos. El limpiabotas mete la mano para escoger un pedazo. El cliente piensa:
“Ahora va a manchar el algodón con las manos llenas de betún”.
Pero lo extraordinario es que el limpiabotas ha mantenido limpia la mano. El algodón continúa siendo blanco impoluto.
El limpiabotas voltea de nuevo hacia la calle. Parece meditar por unos momentos. ¿O pasará revista a sesenta años de recuerdos? Vuelve a esparcir unas cuantas gotas de agua sobre el zapato derecho. Ahora es el pedazo de algodón el que se desliza en el cuero. Al final el resplandor es de porcelana.
El brillo toca una fibra en la memoria del cliente, que recuerda o imagina recordar como brillaban otros zapatos en una fiesta, en una noche, en un patio, en San Juan de los Morros.
En este momento el cliente se percata de que otro cliente ha estado esperando al lado de la silla, observando el proceso.
“Este hombre es un artista,” dice el cliente número dos.
“Sin duda,” responde el cliente número uno.
El limpiabotas continúa con el zapato izquierdo. Acelera un poco, después de todo el cliente número dos espera. El brillo no queda tan perfecto, pero sería mezquino decirlo.
El cliente número uno saca un billete de cinco mil bolívares del bolsillo. Mientras el limpiabotas busca el vuelto, le dice:
“¿Oye, no sería maravilloso que pudieras pulir así a las personas, ponernos nuevecitos otra vez?”
El cliente número dos responde:
“Ah... Pero entonces se haría famoso y sería muy difícil que nos atendiera”.
“Es verdad,” dice el cliente número uno.
El limpiabotas asiente con una sonrisa.
Un grupo de palomas levanta ruidosamente el vuelo. El cliente número uno camina hacia las luces de la noche, que ya se han encendido.
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Thursday, February 02, 2006
Aglio e olio
Dos mil años antes de la era cristiana ya el ajo había encontrado su lugar entre los seres humanos. En su larga historia nos ha servido como medicina, como talismán contra influencias malignas y, por supuesto, como alimento.
Homero llamó “oro líquido” al aceite de oliva. Imbuído también de propiedades medicinales y mágicas, el aceite de oliva ha sido símbolo de prosperidad y poder.
La simplicidad de aglio e olio, como se les llama en italiano, no contradice su distinguida historia. Por el contrario, nos recuerda que la virtud más elevada siempre está cerca de la tranquilidad de lo simple.
Si usted quiere participar de la prodigiosa simplicidad de aglio e olio, disponga a mano los siguientes ingredientes:
Ponga a cocinar los spaghettis. Con la parte plana de la hoja de un cuchillo aplaste suavemente los dientes de ajo. Suavemente, la idea no es triturarlos, sino hacer que la piel se separe del interior para poder quitarla con facilidad. Una vez que ya haya quitado la piel de los ajos, rebánelos a lo largo, como quien corta las tajadas de un plátano. Rebánelos lo mas delgado que pueda. Coloque las rebanadas de ajo y el aceite de oliva en una sartén y caliente a temperatura moderada. No les quite los ojos de encima. Cuando los ajos apenas comiencen a ponerse amarillos, retire la sartén del fuego. Tome en cuenta que el proceso de cocción continuará todavía por un rato.
Cuando los spaghettis estén al dente, mézclelos con el aglio e olio y sírvalos inmediatamente.
Las cantidades anteriores sirven para cuatro personas.
Homero llamó “oro líquido” al aceite de oliva. Imbuído también de propiedades medicinales y mágicas, el aceite de oliva ha sido símbolo de prosperidad y poder.
La simplicidad de aglio e olio, como se les llama en italiano, no contradice su distinguida historia. Por el contrario, nos recuerda que la virtud más elevada siempre está cerca de la tranquilidad de lo simple.
Si usted quiere participar de la prodigiosa simplicidad de aglio e olio, disponga a mano los siguientes ingredientes:
- 400 gramos de spaghetti
- 2 dientes de ajo grandes (o 4 pequeños)
- 8 cucharadas grandes de aceite de oliva italiano
Ponga a cocinar los spaghettis. Con la parte plana de la hoja de un cuchillo aplaste suavemente los dientes de ajo. Suavemente, la idea no es triturarlos, sino hacer que la piel se separe del interior para poder quitarla con facilidad. Una vez que ya haya quitado la piel de los ajos, rebánelos a lo largo, como quien corta las tajadas de un plátano. Rebánelos lo mas delgado que pueda. Coloque las rebanadas de ajo y el aceite de oliva en una sartén y caliente a temperatura moderada. No les quite los ojos de encima. Cuando los ajos apenas comiencen a ponerse amarillos, retire la sartén del fuego. Tome en cuenta que el proceso de cocción continuará todavía por un rato.
Cuando los spaghettis estén al dente, mézclelos con el aglio e olio y sírvalos inmediatamente.
Las cantidades anteriores sirven para cuatro personas.
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Friday, January 27, 2006
La Misión Ciencia y el Cieguito del Acordeón
Hace veinte años caminabamos por el boulevard de Sabana Grande con un colega científico. El colega venía del extranjero a dictar un curso en la Universidad Simón Bolívar. Como no hablaba español conversabamos en inglés.
En la boca de un pasaje un cieguito tocaba música en un acordeón de juguete. A sus pies unas pocas monedas yacían en el fondo de una lata vieja. Cuando nos escuchó hablar en inglés se emocionó y empezó a tocar más rápido y fuerte.
“Dólares”, debe haber pensado.
El colega extranjero hablaba con efusividad, estimulado por el bullicio del boulevard. Lo tomé del brazo y nos detuvimos frente a la lata de monedas. La expectativa iluminaba el rostro del cieguito. Pero el colega extranjero, más bien pichirre, no captaba la sugerencia. Y hablaba y hablaba. El semblante del cieguito comenzó a oscurecerse, así que saqué una generosa porción de billetes de mi bolsillo y se los entregué. El cieguito los palpó y sonrió, satisfecho.
Mi amigo siguió hablando, impermeable al episodio. Mas adelante compró unas joyas baratas para su esposa.
Quizás la controversia que ha generado la Misión Ciencia no es tan filosófica. A lo mejor es un asunto de darle algo al cieguito.
Y de no olvidar que en este país cieguitos somos todos.
En la boca de un pasaje un cieguito tocaba música en un acordeón de juguete. A sus pies unas pocas monedas yacían en el fondo de una lata vieja. Cuando nos escuchó hablar en inglés se emocionó y empezó a tocar más rápido y fuerte.
“Dólares”, debe haber pensado.
El colega extranjero hablaba con efusividad, estimulado por el bullicio del boulevard. Lo tomé del brazo y nos detuvimos frente a la lata de monedas. La expectativa iluminaba el rostro del cieguito. Pero el colega extranjero, más bien pichirre, no captaba la sugerencia. Y hablaba y hablaba. El semblante del cieguito comenzó a oscurecerse, así que saqué una generosa porción de billetes de mi bolsillo y se los entregué. El cieguito los palpó y sonrió, satisfecho.
Mi amigo siguió hablando, impermeable al episodio. Mas adelante compró unas joyas baratas para su esposa.
Quizás la controversia que ha generado la Misión Ciencia no es tan filosófica. A lo mejor es un asunto de darle algo al cieguito.
Y de no olvidar que en este país cieguitos somos todos.
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Thursday, January 26, 2006
En el Foro Social Mundial
Compartimos con un compañero argentino nuestra percepción de las fortalezas y debilidades de nuestra revolución boliviariana. Coincidimos en que del éxito de la integración latinoamericana depende el éxito de la revolución. Hablamos del enorme poder que contiene nuestra cultura. El compañero trabaja en las villas, como ellos llaman a sus barrios. Nos cuenta como la pobreza extrema llevó a la gente a crear una economía basada en el trueque de bienes producidos en las mismas villas. En un momento hasta llegó a emerger un sistema monetario informal. Expresamos nuestra preocupación por la solapada y creciente represión de la crítica interna al proceso. El compañero argentino nos advierte la peligrosidad de inhibir la crítica: la falta de análisis crítico, el pensamiento monocromático, fueron factores que contribuyeron a destruir el peronismo.
Un camarada indígena de Ecuador nos narra el triunfo de Evo Morales como parte de un drama que comenzó hace quinientos trece años, cuando nuestras culturas ancestrales comenzaron a ser destruídas por el invasor español. Su perspectiva cultural enriquece nuestra comprensión y nos recuerda la importancia de no identificar el mundo con los esquemas que construímos para analizarlo.
Un camarada campesino boliviano nos señala que en Bolivia ha sido la acción popular organizada y constante la que ha llevado a Evo Morales al poder. En Bolivia el pueblo está organizado. El camarada campesino contrasta esto con lo que sucede en Venezuela, donde el Presidente Chávez accede al poder como resultado de una lucha política tradicional y ahora intenta utilizar su posición para generar organización popular. Lo que quizás no sabe el camarada boliviano es que la clase política que accedió al poder con el Presidente ahora inhibe la organización popular.
El día brilla y el aire es transparente. La gente fluye contenta por los espacios del Teatro Teresa Carreño. Hay mucha gente joven, hay mucha belleza. En el parque Los Caobos hay un pueblo de tiendas de campaña. Nos imaginamos adentro, hace muchos años; y la nostalgia nos toca, por un momento.
Un camarada indígena de Ecuador nos narra el triunfo de Evo Morales como parte de un drama que comenzó hace quinientos trece años, cuando nuestras culturas ancestrales comenzaron a ser destruídas por el invasor español. Su perspectiva cultural enriquece nuestra comprensión y nos recuerda la importancia de no identificar el mundo con los esquemas que construímos para analizarlo.
Un camarada campesino boliviano nos señala que en Bolivia ha sido la acción popular organizada y constante la que ha llevado a Evo Morales al poder. En Bolivia el pueblo está organizado. El camarada campesino contrasta esto con lo que sucede en Venezuela, donde el Presidente Chávez accede al poder como resultado de una lucha política tradicional y ahora intenta utilizar su posición para generar organización popular. Lo que quizás no sabe el camarada boliviano es que la clase política que accedió al poder con el Presidente ahora inhibe la organización popular.
El día brilla y el aire es transparente. La gente fluye contenta por los espacios del Teatro Teresa Carreño. Hay mucha gente joven, hay mucha belleza. En el parque Los Caobos hay un pueblo de tiendas de campaña. Nos imaginamos adentro, hace muchos años; y la nostalgia nos toca, por un momento.
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Wednesday, January 18, 2006
Apartaderos
Cuando el tiempo no era aún el tiempo, cinco águilas blancas sacudieron sus plumas y se convirtieron en la roca y la nieve de los cinco picos de la Sierra Nevada.
Al pie de la Sierra el aire es más delgado. La vida del páramo se impone apenas sobre el frío, sobre el paisaje áspero que nos recuerda nuestro lugar en el cosmos. En el páramo el planeta en que vivimos se muestra como el pedazo de roca que es.
Al lado de la Sierra concurren los valles de tres ríos: el Motatán, el Chama y el Santo Domingo. Los tres nombres susurran el terror que sintieron nuestros antepasados cuando la codicia armada de acero, sífilis y pólvora ascendió desde el llano a caballo.
Si sentados arriba en el Pico el Aguila escuchamos con reverencia, podemos distinguir el sonido de los tres vientos que transportan la voz de los tres valles. Abajo, donde se apartan los tres caminos que descienden al lado de los tres ríos, está el pueblo de Apartaderos.
Al pie de la Sierra el aire es más delgado. La vida del páramo se impone apenas sobre el frío, sobre el paisaje áspero que nos recuerda nuestro lugar en el cosmos. En el páramo el planeta en que vivimos se muestra como el pedazo de roca que es.
Al lado de la Sierra concurren los valles de tres ríos: el Motatán, el Chama y el Santo Domingo. Los tres nombres susurran el terror que sintieron nuestros antepasados cuando la codicia armada de acero, sífilis y pólvora ascendió desde el llano a caballo.
Si sentados arriba en el Pico el Aguila escuchamos con reverencia, podemos distinguir el sonido de los tres vientos que transportan la voz de los tres valles. Abajo, donde se apartan los tres caminos que descienden al lado de los tres ríos, está el pueblo de Apartaderos.
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